Sábado, agosto 21st, 2010 | Author:

El camino a Playa Blanca era un auténtico lodazal. Tuvimos que atravesar charcos tan grandes que el agua llegaba a la ventanilla.
Madrugamos para visitar la isla Barú, que es más bien una península separada del continente por un río que hay que cruzar en balsa. Dos jóvenes se ofrecieron como guías locales y, aunque contábamos con la presencia de Nico, era aconsejable contratar un experto en esos caminos. Los chicos se deshacían en argumentos mostrando sus muchas cualidades de guías. Elegí al que me pareció menos ingenioso, no sé muy bien la razón, quizás porque andaba descalzo.
El camino a Playa Blanca era un auténtico lodazal. Tuvimos que detener varias veces el coche. Nico y el otro muchacho salían a estudiar la ruta, yo les acompañaba y entre todos íbamos decidiendo el lado del camino por el que debíamos avanzar. Atravesamos charcos tan grandes que el agua llegaba a la ventanilla. Aquella senda estaba inundada y tardamos varias horas en recorrer 23 kilómetros.
El calvario del camino descansaba en Playa Blanca, como un guiño a los audaces. Una barrera de cocoteros ocultaba el espectáculo de un mar verde esmeralda que acariciaba la playa con suavidad. Los nativos ofrecían pescado y agua de coco, pero no había muchos turistas que agasajar, por lo que recibimos una legión de vendedores ambulantes. Nico se remangó sus pantalones elegantes y se sentó sobre un tronco a la sombra de una palmera. Alfonso y yo trabajábamos sin prisas esta vez, tomándonos nuestro tiempo para encuadrar el paraíso. Yo presentaba el reportaje con la sensación de estar hablando de las vacaciones perfectas.

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