Martes, agosto 24th, 2010 | Author:

El contacto con el lodo era una sensación extraña, como flotar en un tazón de chocolate. El barro me cubría todo el cuerpo y así, disfrazado de Rambo, trataba de nadar en la espesura.
Otras personas se animaban también a lanzarse a la piscina natural que tenía, según nos contaron, propiedades terapéuticas. Al abandonar el cráter teníamos la apariencia de esculturas de barro y mientras me grababa Alfonso, yo amagaba algunos abrazos a los curiosos que se apartaban espantados. Todos nos divertimos.
El ritual dicta que para limpiarse la capa de lodo hay que descender el volcán y acercarse a unas lagunas con plantas acuáticas flotando en la superficie. Varias señoras se encargaban del lavado, lanzando cuencos de agua limpia con los que recobrábamos el aspecto humano. Con vocación de madre, aquellas mujeres nos frotaban las orejas sobre la laguna y se llevaban la voluntad.
Con la piel rejuvenecida seguimos camino.

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