Lunes, agosto 05th, 2013 | Author:

No eran sólo los uros los que se atribuían a sí mismos cualidades que no eran propias de los seres humanos; los otros indios de la región coincidían con ellos en ese aspecto, aunque, más bien que sobrehumanos, los consideraban infrahumanos. Según ellos, eran tan sucios y pobres que, para subrayar el desprecio que por ellos sentían sus vecinos y al mismo tiempo obligarlos a despiojarse, los incas que los sometieron no les exigían más tributo que un impuesto que tenían que pagar… ¡en piojos! También, un cronista español de la época de la conquista de América escribió sobre ellos que “ni siquiera eran capaces de hablar bien su propia lengua”, la que calificó de “gutural, vulgar y la más difícil de aprender en todo el reino”. Y en el Diccionario de la lengua aymará — publicado en 1612 por el Padre Lu-dovico Bertonio— la palabra uro aparece con el significado de “estúpido, sucio y primitivo”.

Los uros eran dolicocéfalos (es decir, de cabeza más larga que ancha), y de piel mucho más obscura que sus vecinos, que eran branqui-céfalos; no obstante, al mezclarse con otras razas, estas diferencias fueron desapareciendo. “La única manera de reconocer a un uro hoy”, nos informó un habitante de Puno, “es observando cómo camina”. En efecto, los uros —o lo que queda de ellos— nunca abandonan sus islotes flotantes, lo que ha hecho que sus pies se habitúen a apoyarse en el suelo como si pisaran un globo de caucho lleno de agua, un detalle que se nota también cuando pisan tierra firme. Igualmente, tienen una forma especial de sentarse que les permite pasar largas horas sentados sin mojarse los pantalones o las faldas, una pequeña hazaña que difícilmente podría lograr quien no haya crecido en los islotes de totora. Sin embargo, la vida sobre el agua hace que casi todos padezcan de reumatismo antes de cumplir los treinta años.
A pesar de la metamorfosis que ha producido en ellos la mezcla con los aymarás, la gente mojada se sigue llamando a sí misma uros, y continúa aferrada al mismo estilo de vida de sus antepasados. La totora sigue siendo imprescindible para su supervivencia, y dependen de ella para satisfacer casi todas sus necesidades: usan sus brotes más tiernos como alimento, y los tallos largos para construir sus islas, chozas y embarcaciones. Pero los uros también se dedican a la pesca de suches, pejerreyes, bogas y otros peces que venden o intercambian en las orillas del lago. Además, recogen huevos y cazan patos, gansos y otras aves.

Este pueblo primitivo todavía no practica la agricultura, aunque cuando el nivel de las aguas del lago baja mucho a causa de la sequía, algunos cultivan la papa y la cebolla en la tierra que se forma por la descomposición de la totora. Han mejorado considerablemente la calidad de las canoas que construyen (las que solían ser meras balsas); y, con el dinero que consiguen vendiendo balsas, esteras de totora y otros artículos tejidos, compran arroz, patatas, chuño (patatas congeladas y deshidratadas) y hojas de coca para masticarlas.
Hoy los uros no constituyen ya un pueblo indígena aislado de la civilización. Los Adventistas (secta religiosa norteamericana) han construido dos escuelas flotantes en la zona, y el número de visitantes que llegan hasta el lugar va en aumento cada año. Desde que visité sus islas por primera vez hace seis años, los uros que vivían más cerca de la orilla del lago y que, por ello, eran visitados por la mayoría de los turistas, han aprendido a bordar con lana de muchos colores, y se pasan horas enfrascados en esta labor. Los que viven más lejos de la orilla, sin embargo, se han mantenido al margen de las influencias de los turistas y de los misioneros cristianos. Cuando divisan a algún intruso, se esconden en sus chozas, pero… ¿hasta cuando podrán permanecer aislados en su pequeño mundo de ese modo?

El viejo que vimos al llegar a los islotes de los uros se incorporó y, medio encorvado, entró en una choza. Durante los pocos días que Marta y yo pasamos en su isla, lo vimos salir de vez en cuando, pero sólo por algunos minutos. Curiosos por saber qué había dentro de la choza, me asomé a su puerta en más de una ocasión. Pero siempre encontrábamos al viejo sentado, tejiendo solo con su mirada vacía. Nos enteramos de que sus paisanos le pagaban un salario muy bajo por su trabajo, y que también lo alimentaban; pero todos parecían despreocuparse en forma total —y algo cruel— de aquel solitario anciano. Cuando muera, sin embargo, traerán su cuerpo al cementerio que hay en la orilla y abandonarán la isla por dos semanas, permaneciendo en compañía de sus familiares, según exige una costumbre cuyo origen se pierde en el tiempo.
La isla ocupaba un área de mil quinientos metros cuadrados aproximadamente, y casi todo estaba ocupado por chozas y manojos de totora puestos a secar. No quedaba mucho espacio para vagar, así es que decidí unirme a Marta, quien estaba sentada con las mujeres de la tribu, tratando de obtener información para nuestro artículo. Para mi sorpresa, todo lo que Marta lograba que las mujeres le revelaran se contradecía con lo que los hombres me decían a mí.

Categoría: lugares turisticos
You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.
Deja un comentario » Log in