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Lunes, septiembre 02nd, 2013 | Author:

En este archipiélago, de apenas 45 Km2, surgió una población isleña de rasgos especiales. En San Andrés predomina el hombre de raza negra, descendiente de los esclavos traídos de las costas africanas. En Old Providence, donde construyeron su vivienda permanente los holandeses e ingleses, los rasgos físicos de los nativos son muy peculiares, por la mezcla racial, y no es raro encontrar hombres muy fuertes, de piel oscura, cabello rubio y ojos azules.
Si tenemos en cuenta que los primeros pobladores fueron ingleses y holandeses, entenderemos por qué sobresalen los colores claros. Y, en la arquitectura de estas islas, que tiene rasgos finlandeses, ingleses y alemanes, no faltan los pobladores que han optado por un estilo de chalet suizo.
En un principio, sin embargo, las viviendas se construían sobre pilotes de coco y en madera de pino, de Centroamérica y Europa. Hoy el nativo sigue construyendo en madera, pero sobre pilotes de cemento, más resistentes.
Los isleños, en general, basan su economía en una pesca no tecnificada. La captura que no es utilizada en la alimentación, es vendida a los barcos extranjeros, que esperan a diario en alta mar para evitarse los trámites burocráticos que conlleva el comprar en puerto. Trabajan, además, con los pañas (hombres del interior) en el comercio, y cultivan el coco para consumo doméstico y un poco para la exportación.

Sábado, agosto 31st, 2013 | Author:

Entre los meridianos 78° y 82°, longitud oeste, y los paralelos 12° y 16°, latitud norte, al norte de Colombia, se encuentra un grupo de 17 islas, islotes, cayos y bajos, de-nominado Archipiélago de San Andrés y Providencia, dividido en dos subgrupos: San Andrés, con los islotes de Albuquerque, Haynes, Bolívar, Johnny Cay, Catton Cay, Cayo Grunt, Rose o Acuario, Graseyy Rocky Cay, y Providencia, con la Isla Santa Catalina, Cayo Cangrejo, Cayo Roncador, el Bajo Quitasueño, Cayo Serrana, Serranilla y Bajo Nuevo.
El origen de las dos principales islas (San Andrés y Providencia), llamadas las Columnas de Hércules,” es bien diferente. Providencia y Santa Catalina son de origen volcánico y suelos fértiles, donde abundan los arroyos de agua dulce, y ofrecen un paisaje exuberante, con clima templado en las elevaciones, a pesar del ardiente sol del Caribe. Existen en ellas árboles frutales de numerosas especies, ganado caballar y vacuno, y una rica fauna marina.

San Andrés, en cambio, es algo distinto. Hace varios millones de siglos, en una cuenca profunda del Mar Caribe, se reunieron, tal vez por capricho de la naturaleza, madréporas, celentéreos, pólipos de distintos tipos y una gran variedad de especies coralinas, comenzando la construcción de una “vivienda” que emergió pocos millones de años después. Alrededor del macizo central, fueron apareciendo distintas superficies: bajos, cayos e islotes protegidos por un cordón de arrecifes. Por su origen, esta isla es rocosa, sin agua dulce, arroyos ni vegetación.
Con los años, no obstante, se fue formando una mullida capa en la que crecieron algunas semillas que produjeron bosques de cedros, caobos, cauchos, polvillos, chícales, istapas y otras maderas preciosas, hoy desaparecidas, que le dieron, junto con el cultivo industrial del coco, importancia inicial a San Andrés.
Las playas de este archipiélago tienen como características una arena blanca, con mucho coral rojo, y aguas transparentes de siete tonos definidos de azul. El Acuario o Rose Cay es un sitio natural, refugio de una fauna acuática de pequeñas dimensiones, con preciosos colores y formas increíbles.

Jueves, agosto 29th, 2013 | Author:

A finales del siglo XVII y principios del XVIII, Santa Catalina y Providencia van quedando relegadas, y pasa a un primer plano San Andrés, donde se concentra la población que fue abandonando todas las otras islas. Estos nuevos habitantes, luego de la retirada oficial de los ingleses, adoptan la fe católica, se someten al rey español y aprenden el castellano.
El título de Puerto Menor, con exención de impuestos de importación y exportación, otorgado por primera vez en 1792 a San Andrés, inicia una época de bonanza económica. Pocos años después, durante la independencia de Colombia, el lugar se transforma en un centro de comercio del coco en fruta o copra (aceite de coco), conchas de carey, cacao, goma, caoba, pieles, algodón, cedro y otras maderas preciosas. Los principales impulsores de este cambio fueron los norteamericanos.

Con la abolición de la esclavitud cambia la situación. Desaparece la mayoría de los cultivos, y sólo subsiste el del coco, el cual, tras un período próspero, decae por la falta de atención técnica y el exceso de plagas, entre ellas la de ratas. Después, al producirse la suspensión del Puerto Menor o Libre en 1871, goletas, barcos y comerciantes abandonan San Andrés y el lugar pasa de nuevo a ser una isla más, sin mayores atractivos.
No obstante, bajo el gobierno republicano de Colombia, el archipiélago se vio beneficiado por una serie de medidas administrativas que le hicieron conocer períodos de moderada prosperidad. De vez en cuando, el gobierno central enviaba comisiones para emprender planes de salud o desarrollo. Finalmente, en 1912, Colombia decide crear una entidad política y administrativa: la Intendencia de San Andrés y Providencia.

Martes, agosto 27th, 2013 | Author:

El Archipiélago de San Andrés y Providencia tiene una extraña historia. De la época precolombina, no sabemos que haya tenido población comprobada y ni siquiera hay rastros de asentamientos humanos. Sólo a partir de 1510 es que encontramos datos concretos de navegantes españoles, quienes casualmente, en su ruta de jamaica a Miskitos, descubrieron las islas. De esa época existen mapas marítimos muy imperfectos, en los cuales aparecen las islas de Santa Catalina, Serrana y San Andrés. Algunos historiadores, sin embargo, hacen alusión a una crónica de Cristóbal Colón, donde se describe, según ellos, el Archipiélago como el “Jardín de la Reina”. Tal vez, según algunos autores, Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa hayan sido los primeros conquistadores que pusieron pie en las islas, pero de esto tampoco hay plena certeza.
Cien años después, las noticias de los corsarios, aventureros y contrabandistas holandeses e ingleses dan fe de un grupo de cayos, islas e islotes, rodeados de lo que ya se conocía como un “Mar de Siete Colores”. Pero el descubrimiento de Cayo de Serrana figura en las leyendas de la época anterior. En 1517, Pedro Serrana naufragó y llegó a este islote. Siete años después, fue rescatado, y cuenta la leyenda que su figura no era humana. Su cuerpo estaba cubierto de vellos muy largos. Posteriormente, algunos escritores hablan de la historia de Robinson Crusoe, identificándola con la de este famoso náufrago.

En 1629, un grupo de puritanos ingleses crea una compañía naviera, dedicada al tráfico de negros y esclavos. Sus barcos parten, en abierta querella con España, a conquistar el Caribe, el “Mar de Todos”. A su llegada al sitio que llamaron Old Providence, en lo que hoy es la isla de Providencia, encontraron establecidos a los holandeses, iniciándose entre unos y otros una extraña relación: los ingleses colonizaban y los holandeses se encargaban del comercio por las Antillas. Por estos días fue cuando se decidió que el primer poblado de los ingleses en Providencia recibiera el nombre de New Westminster.
A partir de 1633, llegan los primeros esclavos africanos y son destinados a los trabajos rudos y pesados. Algunos de ellos logran huir a la vecina isla de San Andrés, y allí forman un grupo primitivo que logra subsistir gracias a la pesca de tortugas y cangrejos.
Por estos mismos años, el gobernador de Cartagena de Indias, en la costa caribeña de Colombia (Nueva Granada en aquel entonces), recibe orden del Rey de España de desalojar a los ingleses. Después de muchos intentos, los españoles rescatan el Archipiélago, pero no se establecieron en él en forma definitiva. Así, durante 36 años, la isla pasa sucesivamente de manos inglesas a españolas. En este lapso de tiempo, hace su aparición el célebre pirata Henry Morgan, como Contraalmirante de la Real Marina Británica. Morgan parte después de cuatro años, dejando enterrados sus tesoros en Santa Catalina, sin ningún mapa o señal que hiciera posible su hallazgo posterior. Hoy, algunos caza-fortunas esperan la oportunidad de desenterrar esos tesoros.

Domingo, agosto 25th, 2013 | Author:

Al rey granadino le faltaba por cubrir lo más duro de la jornada: la despedida. En La Alhambra se hacía el equipaje y los tesoros reales se cargaban en muías mientras los muros recogían las lágrimas y los lamentos de sus moradores. Antes del amanecer partió Boabdil con la sultana Ayxa la Horra, su madre, y con Zorayma, su esposa. La ciudad dormía todavía cuando la cabalgata del monarca vencido recorrió sus calles rumbo al exilio. Muy amarga debió ser esta despedida, pues se han generalizado muchas leyendas y anécdotas sobre el último adiós de Boabdil a Granada. Una de las más conocidas aparece inclusive en las historias más serias, mientras que otros autores aseguran que la misma es apócrifa. Según ella, al llegar a la última colina, desde la cual se ve toda la ciudad, Boabdil se detuvo y, al querer decir unas palabras, un sollozo las ahogó en su pecho. La sultana Ayxa, que había mantenido la compostura hasta ese momento, recriminó a su hijo: “No llores como mujer lo que no has sabido defender como hombre”. De ahí el nombre que hoy lleva este mirador de Granada: El último suspiro del moro.

Granada no recobró la calma con los Reyes Católicos. Muchas de las promesas hechas por éstos al recibir su rendición no llegaron a cumplirse, por lo que hubo alzamientos de grupos árabes en la región montañosa de Las Alpujarras, en las afueras de la ciudad. Los moriscos (como se llamó a los musulmanes que se quedaron en España después de completarse la Reconquista) fueron perseguidos y expulsados de Granada más tarde, lo cual, al mismo tiempo que creaba malestar, fue privando a Granada de artesanos capaces y dañando a una economía que ya estaba afectada por la guerra.

Viernes, agosto 23rd, 2013 | Author:

En la primavera de 1490 partió el rey Fernando el Católico hacia Granada con un ejército de 500.000 hombres, y Boabdil se preparó para salirle al paso al mando de sus hombres. Comenzaba la guerra de Granada, de la que tanto se ha escrito. Sobre ella, los cronistas árabes han dejado páginas llenas de tristeza, lamentando: “¡Cómo has perdido tu valor, Granada! ¡Cómo se está desvaneciendo la belleza en ti… la ciudad de las fuentes y los árboles frondosos!” El alma de Granada llenaba los campos de batalla mientras, en ambos bandos, se iban acumulando datos sobre los actos heroicos. Su embrujo llevó a la reina Isabel la Católica a querer atisbar esa maravilla de la que tanto había oído, pues acampó con su corte en las afueras para aguardar el resultado de la batalla final. Su curiosidad casi acabó en desastre, pues, cuando iba en camino, topó con una escaramuza que pudo haberle costado la vida.

Los ejércitos castellanos ocuparon la vega granadina, sitiando a la ciudad para rendirla por hambre. A fines de 1491, Boabdil se hallaba en un callejón sin salida y el pueblo hambriento estaba a punto de sublevarse, por lo que el rey decidió capitular. Las reuniones se llevaron a cabo con gran secreto hasta que se acordaron las bases para la rendición: los moros pasarían a ser subditos de Castilla si permanecían en la ciudad, pero mantendrían la libertad de religión y sus propiedades, sobre las que comenzarían a pagar tributos después de tres años. Muza quiso detener las negociaciones, pero no pudo impedir que Granada —la sultana— se entregara el 25 de noviembre de 1491, con un plazo de 75 días para que se cumpliese el pacto. El 2 de enero de 1492 se encontraron el rey moro y el rey cristiano. Boabdil entregó a Fernando las llaves de la Alhambra diciéndole: “Estas son, señor, las llaves de este paraíso”, y los Reyes Católicos entraron en el recinto de los reyes musulmanes. Boabdil, por su parte, prosiguió hasta el Campamento Real de Santafé, donde se alojó en la tienda del Cardenal Mendoza.

Miércoles, agosto 21st, 2013 | Author:

La realidad era que Boabdil no tenía la fuerza ni el poder para hacer que su palabra se cumpliera. Optó, pues, por encerrarse en La Alhambra mientras la población, enfurecida, lo acusaba de su desgracia, dividiéndose entre los que querían entregar la ciudad y los que querían defenderla. Boabdil, en su respuesta a Fernando, pidió tiempo para recuperar la confianza de sus subditos y llegar a un nuevo acuerdo. En aquel momento, le era imposible hacer compromiso alguno.

¿Quién rompió las hostilidades? No se sabe a ciencia cierta. Quizás ocurriera que, entre los dibujos de la yesería del Salón de los Embajadores de La Alhambra se perdiera la confianza de una y otra parte. Lo cierto es que los oficiales de los Reyes Católicos vieron un día, sorprendidos, cómo Boabdil atacaba y recuperaba a Padul, poniendo sitio a Loja y a otras ciudades; y que, al frente de las tropas moras iba Muza ben-Abil-Cuzan, un militar de linaje que había condenado la política de apaciguamiento de Boabdil, y cuyo grito de guerra —”¡Si el rey cristiano quiere nuestras armas, que venga a buscarlas!”— enardeció a los granadinos. La respuesta al rey Fernando fue una declaración de guerra: “Preferimos cualquier cosa, incluso la muerte, antes que entregar Granada”.

Domingo, agosto 11th, 2013 | Author:

Es poco lo que se sabe de la ciudad antes de la época romana; es decir, de su prehistoria. De los fenicios sólo se menciona como dato importante que en la Sierra Elvira tuvieron un templo dedicado al dios Rimmon (palabra que los rabinos tradujeron como Granada, aunque no es a este hecho al que se atribuye el nombre de la ciudad). Sobre el origen del mismo, dan alguna ¡dea los manuscritos de Don Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575), consejero del emperador Carlos V. Dice Don Diego que el nombre fue el de “la morada de Cava, hija del Conde Julián el Traidor, y de Nata, que era su nombre propio”. Después de contar la historia de la cueva y de Nata, refiriéndose a los escritos de los árabes, afirma: “Pero lo que se tiene por más verdadero entre ellos es haber tomado el nombre de una cueva… Tanta es la variedad que hay en las historias arábigas, aunque las llaman ellos escrituras de la verdad.

En la nuestra, conformando el sonido del vocablo con la lengua castellana, la llamamos Granada por ser abundante”. A juzgar por el escudo en el que aparece una granada en su tallo, sobre toda conjetura etimológica ha prevalecido la teoría más romántica: la de que fue de la fruta de sus campos que Granada tomó su nombre.
Aunque el Mar Mediterráneo sirvió de comunicación entre los pueblos del Sur de Europa y los del África del Norte y Asia Menor, y se sabe que desde el año 1100 a.J.C. los fenicios comerciaban con el Sur de España, no se encuentran referencias a Granada en ese tiempo. No obstante, puede decirse que los árabes y los habitantes de la región que hoy es Andalucía, se conocieron mucho antes de que los primeros invadieran la Península Ibérica.

Durante la época del Imperio Romano —bajo el emperador Augusto (hacia mediados del siglo I a.J.C.)— comenzó a identificarse la ubicación de Granada dentro del municipio de llíberís, aunque hay autores que afirman que ese municipio era más bien Media-Elvira, teoría que defienden con el hallazgo de importantes ruinas romanas en la zona. En el siglo V d.J.C., cuando la invasión de los bárbaros, la región quedó totalmente devastada; por lo que era Granada pasaron la muerte y la destrucción, reinando el caos hasta que el rey visigodo Leovigildo (siglo VI) sometió a la España meridional. Durante el período visigodo hay pocas referencias a Granada, por lo que se deduce que su importancia fue limitada en ese tiempo.
En las crónicas, el nombre de Granada aparece por primera vez a principios del siglo VIII con la invasión musulmana, al mencionarse que Abd el-Ariz (hijo del sucesor de Tarik, el primer jefe invasor), ocupó Elvira y Granada, lugar que habitaban solamente los judíos.

Viernes, agosto 09th, 2013 | Author:

Si bien Pi y Margall encontró la fascinación de Granada en los “cuadros llenos de poesía, dignos de figurar en las primeras páginas del álbum de un artista”, para el escritor María José Arredondo “el alma de Granada está en el agua”. “Esa agua”, dice, “es la que se ofrece, bendita en las iglesias; la que danza en las fuentes morunas de los patios, corre en los pilarillos y en las acequias del Sacromonte, duerme en los aljibes del Albaicín y es judía en el interior amable y fresco de un cántaro como aquéllos en que Raquel y Lía apagaban la sed de los caminantes…” (Temas Españoles, 1969). Si es así, no cabe duda de que el alma de Granada se encuentra a cada paso, en el río Darro que la divide en dos, quedando a la derecha gran parte de la ciudad moderna; en los torrentes que bajan de la sierra y que canalizaron los árabes formando cientos de arroyos y riachuelos que, atravesando el llano, entran en la ciudad para salir por los surtidores o descansar en una vieja fuente.

Ese correr libre del alma cristalina de Granada parece repetir todos los días la historia de la Conquista y de la Reconquista, contando la alegría del cristiano que la recobró y la tristeza del moro que la perdió. El Darro espera ansioso a que el agua vuelva de su alegre recorrido para entregarla prisionera al Cenil, el río que se la lleva como sollozando, porque va desterrada para nunca más volver; y, al irse, se lleva solamente el recuerdo de los mirtos y las rosas que se reflejaron en los estanques, el eco de los romances que presenciaron los chorrillos de los jardines del Ceneralife, y el mágico encanto de la noche granadina en el barrio gitano de Sacromonte, donde las fuentes oyeron hablar de los filtros de amor, del mal de ojo y de la buenaventura.
La historia de Granada se ha desarrollado, pues, influida por ese algo subyugador que le ha puesto alma al relato, convirtiéndolo muchas veces en poesía.

Miércoles, agosto 07th, 2013 | Author:

En el Sur de España están las provincias que componen la región de Andalucía, tierra de prados verdes, de sol y, muchas veces, de calores fortísimos. La Sierra Nevada—en la porción sudoriental de la península Ibérica— interrumpe ese paisaje con nieves perpetuas que cambian el ambiente y el clima, llevando frescura a la vega y poniendo las pendientes heladas a corta distancia de los campos exuberantes. En esa geografía privilegiada se encuentran los nueve o diez kilómetros cuadrados que abarca la ciudad de Granada. A este conjunto de sol que, al derretir la nieve, la convierte en torrentes que bajan desde las sierras hasta encontrar la vega feraz con sus mil tonos de verde, hay que recurrir para entender esa fascinación de que hablan todos los que han visto a Granada, ese ambiente que embelleció la fantasía de los musulmanes hasta el punto de hacerlos afirmar que Mahoma, su Profeta, “habitaba en la parte oel cielo que está sobre Granada”.

No hay como lo alto de la Torre de la Vela, en la antigua fortaleza de La Alcazaba, para ver el panorama de toda Granada: la ciudad antigua, la ciudad moderna, la vega, la colina de La Alhambra, el barrio del Albaicín y, a lo lejos, el del Sa-cromonte, al final de la Cuesía del Chapiz. El paisaje se abre perfilado por las piedras de los muros viejos y de las torres. Al igual que sobresale la granada madura de su corteza oscura, ahí está Granada, destacándose entre dos sierras: la Nevada y la Elvira.

Francisco Pi y Margall (1824-1901), el notable escritor y político español, en su libro sobre el reino de Granada, sintió la necesidad de describir esa vista como introducción a los sucesos que iba a narrar, expresando que “el viajero apenas se atreve a separarse del pie de aquellos laureles gigantescos sobre cuyas cúspides sacudieron su manto de niebla más de cinco siglos…” Mientras hurgaba en los archivos en busca de datos, Pi y Margall fue dejando en su trabajo la impresión que le causó aquella ciudad “a la que doran desigualmente los últimos rayos de sol, y todo es entonces belleza y poesía… Bella, bellísima es todavía la ciudad de Granada… Pintoresco y delicioso es el camino abierto en las angosturas de aquel río; pero no es el camino, sino la perspectiva que desde allí se descubre, lo que enajena el alma y arroba los sentimientos… No hay otra ciudad como Granada… Allá en lo más alto, en el fondo, descuella su catedral; y, detrás de la catedral, no se levantan a mayor altura sino las cumbres de las sierras…”.