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Miércoles, agosto 25th, 2010 | Author:

En la pequeña localidad de Taganga, Francisco nos había conseguido un hotel agradable llamado Ballena Azul, que miraba al mar.
A unos cien kilómetros del volcán alcanzamos los pueblos periféricos de Barranquilla. Dos cosas llaman la atención en estos suburbios: la pobreza y la música. La combinación era esta vez exagerada. Las cumbias sonaban con fuerza en casas sin puertas y a pie de calle. Cada treinta metros, un altavoz tronaba con un ritmo colombiano. Grupos de gente bebían cerveza junto a los puestos de música, ociosos, escuchando esa música a todo volumen, quizás para apagar el llanto de los niños. Lo cierto es que algunas barriadas sobrecogían. Las mujeres tendían la ropa sobre alambres oxidados o se refugiaban en sus casas de lata. La lluvia reciente inundaba las calles de tierra formando un barro que ya no tenía gracia. El centro de la ciudad era más impersonal, con más dignidad que orden.
Siguiente destino, la pequeña localidad de Taganga. Francisco nos había conseguido un hotel agradable llamado Ballena Azul, que miraba al mar. La playa de Taganga estaba descuidada y sucia. Los bañistas debían sortear las barcas de pescadores para nadar y resultaba difícil encontrar un lugar digno para tomar el sol.
Esa noche salimos a pasear por la costanera. A ninguno nos importaba la modestia de los restaurantes o la precariedad de los bares con sillas de plástico, al contrario, aquello nos parecía auténtico. Sin embargo, los hombres discutían en voz alta, la luz no alcanzaba a iluminar los caminos y algunos jóvenes se enzarzaban en peleas. Poco después nos fuimos a dormir.
A la mañana siguiente salimos en busca de un lugar más apartado. El Parque-Nacional de Tayrona era perfecto para contrarrestar los tumultos callejeros de Taganga. En la entrada, esta vez, no nos esperaban. Contactamos con Francisco, que trató de agilizar el trámite. El permiso de grabación tardó varias horas en llegar y nos vimos obligados a renunciar a la mayor parre del parque.
Sólo pudimos acceder al umbral de una reserva natural donde es posible tumbarse en las playas y observar las cimas blancas de la Sierra Nevada de Santa Marta. La antesala del parque ya tenía algo de especial, algo de salvaje. Montamos la grúa mientras las olas se suicidaban contra las rocas, provocando estruendos desesperados.
Recogimos el equipo. José Luis y Alfonso iniciaron el camino de vuelta. Eva y yo desafiamos a la marea y nos bañamos en la playa huérfana de turistas. El mar tenía vida propia y estaba de mal humor. El aviso fue suficiente y abandonamos la playa.
Quedaban varias horas de camino hasta la frontera con Venezuela.

Martes, agosto 24th, 2010 | Author:

El contacto con el lodo era una sensación extraña, como flotar en un tazón de chocolate. El barro me cubría todo el cuerpo y así, disfrazado de Rambo, trataba de nadar en la espesura.
Otras personas se animaban también a lanzarse a la piscina natural que tenía, según nos contaron, propiedades terapéuticas. Al abandonar el cráter teníamos la apariencia de esculturas de barro y mientras me grababa Alfonso, yo amagaba algunos abrazos a los curiosos que se apartaban espantados. Todos nos divertimos.
El ritual dicta que para limpiarse la capa de lodo hay que descender el volcán y acercarse a unas lagunas con plantas acuáticas flotando en la superficie. Varias señoras se encargaban del lavado, lanzando cuencos de agua limpia con los que recobrábamos el aspecto humano. Con vocación de madre, aquellas mujeres nos frotaban las orejas sobre la laguna y se llevaban la voluntad.
Con la piel rejuvenecida seguimos camino.

Lunes, agosto 23rd, 2010 | Author:

El interior del volcán Totumo, aseguran, desciende hasta las profundidades alcanzando más de 2.000 metros de lodo en un túnel vertical.
Cuando alcancé la cima me sentí impresionado y divertido. El cráter estaba cubierto hasta el borde de lodo volcánico, una mezcla de barro y ceniza. El interior del Totumo, aseguran, desciende hasta las profundidades alcanzando más de 2.000 metros de lodo en un túnel vertical. Eran sólo datos. La verdadera experiencia consistía en sumergirse en aquella piscina de lodo. En realidad, sumergirse es un término incorrecto porque la densidad del barro volcánico impedía la inmersión.

Domingo, agosto 22nd, 2010 | Author:

Un hombre nos ofreció con entusiasmo el producto estrella de la playa: el coco loco, lo llamaba, una mezcla de ron y agua de coco con algunos condimentos. El cóctel, aseguraba, tenía propiedades afrodisíacas.
Después del pescado con arroz nos dimos una tregua sin cámaras, nos bañamos, caminamos por la orilla blanca y nos rendimos a la oferta comprando algunos collares de piedras de colores que a Eva le quedaban muy bien. Suspiramos antes de afrontar el camino de vuelta.
Al día siguiente, después de despedirnos de nuestro amigo Nico, nos dirigimos hacia el noroeste. Media hora más tarde nos detuvimos junto al volcán Totumo, que más que un volcán parecía una broma. El cono no tenía más de diez metros de alto, pero decenas de personas subían una escalerita de madera hasta el cráter. Yo les seguí.

Sábado, agosto 21st, 2010 | Author:

El camino a Playa Blanca era un auténtico lodazal. Tuvimos que atravesar charcos tan grandes que el agua llegaba a la ventanilla.
Madrugamos para visitar la isla Barú, que es más bien una península separada del continente por un río que hay que cruzar en balsa. Dos jóvenes se ofrecieron como guías locales y, aunque contábamos con la presencia de Nico, era aconsejable contratar un experto en esos caminos. Los chicos se deshacían en argumentos mostrando sus muchas cualidades de guías. Elegí al que me pareció menos ingenioso, no sé muy bien la razón, quizás porque andaba descalzo.
El camino a Playa Blanca era un auténtico lodazal. Tuvimos que detener varias veces el coche. Nico y el otro muchacho salían a estudiar la ruta, yo les acompañaba y entre todos íbamos decidiendo el lado del camino por el que debíamos avanzar. Atravesamos charcos tan grandes que el agua llegaba a la ventanilla. Aquella senda estaba inundada y tardamos varias horas en recorrer 23 kilómetros.
El calvario del camino descansaba en Playa Blanca, como un guiño a los audaces. Una barrera de cocoteros ocultaba el espectáculo de un mar verde esmeralda que acariciaba la playa con suavidad. Los nativos ofrecían pescado y agua de coco, pero no había muchos turistas que agasajar, por lo que recibimos una legión de vendedores ambulantes. Nico se remangó sus pantalones elegantes y se sentó sobre un tronco a la sombra de una palmera. Alfonso y yo trabajábamos sin prisas esta vez, tomándonos nuestro tiempo para encuadrar el paraíso. Yo presentaba el reportaje con la sensación de estar hablando de las vacaciones perfectas.

Viernes, agosto 20th, 2010 | Author:

Para terminar nuestro trabajo en Cartagena acudimos a un taller donde unos artesanos daban forma a las esmeraldas, en la joyería Caribe. Parece coherente que una piedra tan verde y brillante se oculte bajo tierra colombiana. Verde como las aguas de sus costas, cornos las hojas de las palmeras, como la esperanza de esos mulatos que bailan por las plazas. Algunas esmeraldas eran enormes y Julie, la responsable de la joyería, mostraba con delicadeza sus mejores piezas. A lo largo del viaje hemos tenido la oportunidad de visitar orfebrerías de cobre, de plata, de ámbar y de oro, pero es la esmeralda, con ese nombre tan suge-rente, la joya más extravagante de todas. La más hermosa. Si desear ver más artículos sobre la maravillosa ciudad de Cartagena de Indias visita fin de semana.