Julio Verne situó parte de la intriga de una de sus novelas más desconocidas, Matias Sandorf (1885), en la gruta de Pazin, una de las pequeñas ciudades que siembran de encanto y personalidad la desconocida peninsula de Istria. Hay quien incluso asegura que podría haberse inspirado en ella para describir años antes el quimerico mundo subterráneo de Viaje al centro de la tierra (1864).
Y es que sólo un destino tan fantástico mitológico como el norte de Croacia podía figurar entre las musas de uno los autores más traducidos de Ríos los tiempos: con sus ciudades medievales de época veneciana elevadas sobre colinas, sus puertos pesqueros protegidos por bahías serpenteantes, sus islas cargadas de naturaleza en estado puro y su sol mediterráneo, protagonista absoluto de cualquier historia. La mía, con permiso de Jules Gabriel, empieza un poco más al norte, en la empinada ciudad de Motovun.






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