Menorca, la isla más oriental de las Baleares, es la más consciente de estar en la frontera de una cultura. También es la que desprende la sensación más intensa de pertenecer a otro mundo. Quizá esto tenga algo que ver con los misteriosos lalayots (túmulos de piedra) y novelas (tumbas de piedra en forma de quilla de barca volcada) de la Edad de Bronce que, desperdigados por la isla, le dan un aire-salvaje y arcaico similar al de Cerdeña.
Puede que Menorca siga siendo una isla de guetos para las familias británicas, pero también la han adoptado muchos viajeros españoles amantes de la naturaleza. Sólo tienes que pasarte por uno de los bares del puerto de Es Grau el lugar turístico más menorquín de Menorca, en parte porque no hay un solo hotel para ser testigo de una relajada movida que está muy lejos de guetos británicos como Cala’n Bosch o Sant Tomás, con atracciones calcadas del país de origen de los turistas y sin apenas estilo.






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