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Miércoles, septiembre 18th, 2013 | Author:

Tras encantar con su aire medieval, Berna, la ciudad que Goethe ya elogió en 1779 diciendo que era “la más bella que hemos visto”, sorprende al demostrarnos que también vive plenamente en el presente, aunque siempre de una manera señorial y poco bulliciosa. Por lo general, la vida de los berneses es tranquila, pues prefieren disfrutar en su tiempo libre de los buenos restaurantes o asistir a un concierto antes de pasar la noche en un bar o discoteca. Se celebran, además, temporadas anuales de ópera, ballet y teatro en el Teatro Municipal, y la Orquesta Sinfónica de Berna toca regularmente en el Casino, con una gran afluencia de público. En lo que a actividad cultural y artística se refiere, Berna no puede negar que es una capital centroeuropea.

La vida para el bernés es, en definitiva, tranquila, agradable y sin grandes problemas, salvo cuando se aproxima la temporada del fohn, ese viento caliente y seco que, irregularmente, desciende a través de los Alpes. El fohn causa migrañas, cansancio y trastornos síquicos, incluso entre los plácidos berneses, y a él se achacan toda clase de desastres, desde los accidentes de tránsito hasta los crímenes. Cuando el fohn sopla, lo único que se puede hacer, según los berneses, es relajarse, lo que en el fondo, en una ciudad como Berna, no resulta difícil.

Lunes, septiembre 16th, 2013 | Author:

Para el nuevo estado, sin embargo, no habían cesado las dificultades, especialmente las profundas divisiones religiosas que, en 1846, llevaron a la conclusión de la separatista Liga de los Cantones Católicos, conocida como Sonderbund. Berna jugó un importante papel, pues en ella se proclamó la disolución de dicha Liga —tras la intervención militar del ejército al mando del Gral. Dufour—, abriéndose la vía a una reconciliación general.
La Constitución de 1848 (más tarde revisada en 1874) estableció, después de estos sucesos, un moderno Estado Federal. Berna fue elegida como la sede de las autoridades federales, elección justificada por el importante papel que la ciudad había tenido durante varios siglos, así como por su estratégica posición en el centro de la Confederación, en la línea divisoria entre los territorios de cultura latina y los de cultura germánica. No obstante, aunque Berna fuese la sede de las Cámaras Federales, de la Administración y de los Servicios Centrales de Correos y Ferrocarriles, eso no hizo —como pasó en el caso de Madrid, París, y varias otras capitales— que la ciudad lograra una preeminencia que le permitiera imponerse sobre otras ciudades suizas.

Sábado, septiembre 14th, 2013 | Author:

Berna, que había reflejado en su apariencia sus comienzos militares, sufrió en 1405 un gran incendio que se extendió rápidamente por toda la ciudad y destruyó casi todas sus casas de madera. Para evitar algo similar en el futuro, se volvieron a construir las casas, pero utilizando piedra arenisca de las canteras de las colinas cercanas.
La reconstruida ciudad de Berna, junto con los territorios anexos, fue ganando poder en la Confederación hasta llegar a administrar más de 50 territorios en el siglo XVIII. En ese mismo siglo, durante la Revolución Francesa, el Directorio impuso en el país una unificada y centralizada República —la República Helvética— que se convirtió en un campo de batalla entre los franceses y la alianza formada por sus principales enemigos (Austria, Prusia y Rusia), a la vez que el desorden interno se acentuaba. Finalmente, Napoleón impuso el Acta de Mediación en 1803. Se reconoció al Estado Helvético, y varios otros cantones se unieron a la Federación. Sin embargo, esto no ayudó a disminuir el descontento de los habitantes, resentidos de la hegemonía francesa.
Esta situación se prolongó hasta algo después de la caída del Impefio Napoleónico, cuando el número de cantones llegó a 22. Entonces, en el Congreso de Viena,* se proclamó la neutralidad de la Confederación Helvética.

Jueves, septiembre 12th, 2013 | Author:

Como la mayoría de las ciudades europeas, Berna tiene una historia que data de varios siglos atrás. Pero en Berna la leyenda y la historia se entremezclan y los berneses han conservado ambas con orgullo y entusiasmo.
Según crónicas del siglo XV, Berna fue fundada, o más bien planificada, en 1191 por el Duque Berchtold V de Záhringen como una avanzada de los dominios familiares. Buscando el lugar apropiado para crear la población, el Duque pidió la opinión y el consejo de los cazadores de sus dominios. Uno de ellos le dijo: “Señor, en el lugar donde se erige vuestro castillo de Nydegg, justo en la curva del río, hay un lugar ideal para una población”. El Duque lo visitó. En aquella época, se trataba de un poblado bosque, y ordenó a uno de los caballeros de su séquito, Cuno de Bubenberg, la excavación de un foso, donde hoy está la Torre del Reloj.

Y aquí entra la leyenda: siendo la caza muy abundante en la región, el Duque acordó, con sus consejeros, el dar a la nueva ciudad el nombre del primer animal que se cazara, que resultó ser un oso (bar en alemán), por lo que se dio a la población el nombre de Bárn, que derivaría más tarde en Bern (Berna en español), y se creó el escudo representativo, que exhibe la figura de un oso.
Tras este comienzo, debido en cierto modo al azar, Berna fue adquiriendo poderío y creciendo. Ya a los pocos años de su fundación, en 1218, se convirtió en una ciudad imperial libre, un centro administrativo con influencias predominantemente militares y patricias, más que artesanales. En el siglo siguiente, concretamente en 1353, entró en la Confederación Suiza, donde jugó un papel muy importante, a la vez que seguía una política de expansión territorial. Muchas de estas anexiones, tales como las de Burgdorf y Thun, aseguraron su hegemonía en ambas orillas del río Aar.

Martes, septiembre 10th, 2013 | Author:

Entre la cosmopolita Ginebra y la financiera Zurich, dos de las mayores ciudades de Suiza, se encuentra Berna, la capital de la nación, con una población de unos 170 000 habitantes. Además de ser sede de la Asamblea Federal del Gobierno y del cuerpo diplomático extranjero, acoge también a varias organizaciones internacionales, aunque no a tantas como Ginebra.
La primera impresión que el visitante recibe de Berna es la de una ciudad tranquila y ordenada. Su estratégica situación en las colinas de una pronunciada curva del río Aar, frente a los Alpes, le da una belleza natural y a la vez pintoresca. Es una ciudad que, dentro de su apacible y serena apariencia, “vive doblemente” en varios aspectos. Como capital de uno de ios 22 cantones suizos —que lleva el mismo nombre de la ciudad—, tiene un aire burgués y tranquilo que refleja el carácter agrícola del cantón. De su glorioso pasado, conserva cuidadosamente sus estrechas y curvadas callejuelas, sus soportales, las fachadas con siglos de existencia de sus edificios y las antiguas puertas de sus murallas. Con razón, los berneses se muestran orgullosos de haber conservado el aire medieval de su ciudad, tal vez mejor que en cualquier otra población europea.
En oposición a esta tranquilidad y a la cierta sobriedad que la acompaña, las embajadas y las organizaciones internacionales le dan un cierto aire mundano que se refleja especialmente en sus modernas y elegantes boutiques y restaurantes. Por otra parte, el carácter germánico de Berna ha recibido la suavizante y abierta influencia de la Suiza francesa, asimilando incluso varias expresiones del lenguaje. Así, al decir gracias, en lugar de decir danke, en alemán, los berneses emplean frecuentemente la palabra francesa merci.

Domingo, septiembre 08th, 2013 | Author:

En Cheju abundan unas sonrientes estatuas de piedra, que sirven a la isla como símbolo, a la vez que proveen tangible y, en alguna forma, enigmática evidencia de otro período del pasado de Cheju. Mientras no se sabe con certeza quiénes fueron los escultores de estas tallas ni para qué sirven las mismas, algunos estudios indican que tienen entre quinientos y mil años de existencia, y parece ser que fueron situadas en distintos puntos de la ciudad con el fin de que sirvieran a ésta de guardianes.

Sin embargo, las versiones no siempre coinciden, pues también se nos dijo por algunos habitantes del lugar que las estatuas no son nada más que símbolos fálicos, erigidos a fin de asegurar la fertilidad y la abundancia. En la isla pueden encontrarse 45 do estas esculturas, admiradas por cientos de turistas, y que sirven como modelos para miniaturas que se venden en las tiendas de souvenirs.
Hoy en día, medio millón de personas viven en las planicies costeras y en las tierras bajas que rodean a Halla-san, la volcánica montaña que Hamel cita y que se eleva a 1 950 metros sobre el nivel del mar, formando un arco. Este volcán es el pico más alto no sólo de Cheju, sino de toda Corea.
Su origen volcánico y los matices a veces casi tropicales de sus mares han hecho que se compare a Cheju con el archipiélago hawaiano, pero hasta ahí llega la superficial semejanza. Aunque es cierto que los bellos paisajes abundan y las tierras son bastante adecuadas para las siembras de cítricos, el clima de Cheju mejor se describiría como una transición entre el tropical y el subtropical, muy parecido, tal vez, al clima costero de Viña del Mar en Chile.

Las playas de Cheju pueden ser tentadoras en verano, cuando el promedio de las temperaturas oscila entre los 22° y los 27° C, pero todo esto cambia cuando los fríos vientos baten la isla desde el otoño hasta mediados de la primavera. Durante el invierno, las temperaturas a lo largo de la costa caen entre los 7° y los 10° C como promedio, y frecuentemente se puede ver el Halla-san cubierto de nieve en sus últimos 1 000 metros.
Pero cada estación ofrece sus propias recompensas. En la primavera, el paisaje se cubre de flores. Los densos y brillantes amarillos florales contrastan con los rosados claros de los botones de los cerezos, creando bellísimas escenas junto a los rosados, púrpuras y rojos de las azaleas en los bosques de las laderas del Halla-san. En el otoño, esas mismas laderas se visten con los colores cambiantes de las hojas, dando lugar a un paisaje totalmente distinto, que se transforma más aun con el blanco de las nieves invernales.

Pero lo mejor de Cheju es el verano, con sus días soleados y los hermosos verdes de los campos y bosques, que atraen a un gran número de visitantes tanto coreanos como extranjeros, al punto de que ya están llegando al millón por año, número que sigue subiendo.
Antes de 1960, Cheju sólo era accesible por barco, y el turismo y la industria eran prácticamente desconocidos. De entonces para acá, ha habido un enorme cambio, directamente ligado a la emergente prosperidad no sólo de la isla, sino de toda Corea del Sur.

Viernes, septiembre 06th, 2013 | Author:

La isla también proveyó la primera visión que se tuvo en el mundo occidental de Corea. Sucedió cuando, el 16 de agosto de 1653, el Capitán Hendrick Hamel y parte de su tripulación alcanzaron la costa oeste de la isla, después que su barco, el Sparrow Hawk, perteneciente a la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, naufragara a causa de un tifón.

“Esta isla … es de 14 ó 15 leguas en el compás. En el lado norte se encuentra la bahía, donde varias barcas se desvían, antes de partir para el continente, por un peligroso acceso para aquellos que no lo conocen, pues tiene muchas rocas escondidas, y es el único lugar donde las naves pueden anclar para resguardarse en el viaje que las lleva a las costas del Japón”, escribió Hamel varios años después de su naufragio.
“La isla, rodeada de rocas, tiene abundancia de caballos y de ganado vacuno, que prestan gran servicio al reino, pero, a pesar de esto, los isleños son muy pobres y generalmente despreciados por los habitantes del continente. En la isla hay una montaña de gran altura y, además, muchas pequeñas elevaciones desnudas y valles en los que abunda el arroz…”, continuó relatando Hamel.

Si Cheju se hubiera convertido en parte integrante de Corea, le hubiera servido de proyección y frontera marítima. Sin embargo, por siglos sólo fue un lugar al que eran desterrados aquellos que tenían dificultades con las autoridades. Todavía hoy, gracias a detallados documentos genealógicos guardados por numerosas familias coreanas, se puede conocer la llegada de sus antecesores a la isla.
Sin embargo, junto a la evidencia histórica, también hay una leyenda que recoge la aparición en Cheju de los fundadores ancestrales de los clanes. Koh, Boo y Yang —se cuenta— fueron sacados de tres agujeros en un lugar actualmente venerado, llamado Samsong-hyol, en el centro de la ciudad de Cheju, capital de la isla.

La leyenda narra que estos tres personajes sobrevivieron gracias a la caza, hasta que tres princesas de un reino de la tierra firme llegaron a Cheju, cada una con cinco semillas de diferentes granos, lo que permitió dar inicio a las labores agrícolas y, por supuesto, a las familias insulares, nacidas de la unión de los tres míticos fundadores con las tres princesas. Con la reverencia natural del Oriente, ceremonias de recordación de estos hechos se celebran dos veces al año en Samsong-hyol.

Miércoles, septiembre 04th, 2013 | Author:

Hace mil años, cuando todavía allí gobernaban los reyes, el lugar no se llamaba Cheju, sino Tamma. Elevándose como una isla volcánica en el océano, a 50 Km del extremo meridional de la península coreana, Tamma se encontraba en la periferia de la conciencia y de la política asiáticas.
Aun después de conquistada y absorbida por Koryo (reino que la dinastía Wang estableció en Corea del 935 al 1392 y queque dio origen al nombre con que el país es conocido en Occidente*), perduró su carácter de sitio remoto, aprovechado por los reyes de Koryo como lugar de exilio para los indeseables, y por los ejércitos conquistadores que trataban de llegar al continente como escala obligada desde el Japón, cuyas costas están 125 Km hacia el este. Y, todavía hoy, la isla de Cheju no sólo está considerada como un distrito lejano, sino como un lugar donde aún prevalecen lo primitivo y la incultura.

Cheju-do es como hoy llaman a la isla —incorporada a Corea del Sur y ostentando el rango administrativo de provincia desde 1946— en la península coreana, a la vez que señalan hacia un lugar indeterminado en el horizonte. “Es el distrito isleño que se encuentra por allá”, dicen vagamente los coreanos de tierra firme, expresando más bien una indicación de lugar que un apelativo topográfico.
El tiempo y las circunstancias, alternativamente, se encargaron de ir dibujando el perfil de Cheju. En 1273, por ejemplo, las Tropas Selectas, un segmento del ejército de Koryo, de estilo guerrillero, se retiró a una fortaleza construida en Cheju, a fin de continuar desde allí la resistencia contra la invasión de los mongoles. Nueve meses les tomó a éstos derrotar a las Tropas Selectas y poder controlar la isla, en la que se quedaron durante un período de 100 años, imponiendo a sus pobladores rigurosos tributos en forma de productos agrícolas; pastos para las manadas de ponies mongoles de pelo largo (cuyos descendientes todavía se ven en las tierras altas de la isla), y madera para la construcción de los barcos que necesitarían para su proyectada invasión al Japón.

Fue una época de agria dominación que todavía es recordada con amargura, y su influencia puede palparse en el único dialecto de la isla, en su tradición ganadera, en la vigencia del budismo y, hasta una época reciente, en la vestimenta de cueros y pieles de los campesinos, que ya está prácticamente abandonada.

Lunes, agosto 05th, 2013 | Author:

No eran sólo los uros los que se atribuían a sí mismos cualidades que no eran propias de los seres humanos; los otros indios de la región coincidían con ellos en ese aspecto, aunque, más bien que sobrehumanos, los consideraban infrahumanos. Según ellos, eran tan sucios y pobres que, para subrayar el desprecio que por ellos sentían sus vecinos y al mismo tiempo obligarlos a despiojarse, los incas que los sometieron no les exigían más tributo que un impuesto que tenían que pagar… ¡en piojos! También, un cronista español de la época de la conquista de América escribió sobre ellos que “ni siquiera eran capaces de hablar bien su propia lengua”, la que calificó de “gutural, vulgar y la más difícil de aprender en todo el reino”. Y en el Diccionario de la lengua aymará — publicado en 1612 por el Padre Lu-dovico Bertonio— la palabra uro aparece con el significado de “estúpido, sucio y primitivo”.

Los uros eran dolicocéfalos (es decir, de cabeza más larga que ancha), y de piel mucho más obscura que sus vecinos, que eran branqui-céfalos; no obstante, al mezclarse con otras razas, estas diferencias fueron desapareciendo. “La única manera de reconocer a un uro hoy”, nos informó un habitante de Puno, “es observando cómo camina”. En efecto, los uros —o lo que queda de ellos— nunca abandonan sus islotes flotantes, lo que ha hecho que sus pies se habitúen a apoyarse en el suelo como si pisaran un globo de caucho lleno de agua, un detalle que se nota también cuando pisan tierra firme. Igualmente, tienen una forma especial de sentarse que les permite pasar largas horas sentados sin mojarse los pantalones o las faldas, una pequeña hazaña que difícilmente podría lograr quien no haya crecido en los islotes de totora. Sin embargo, la vida sobre el agua hace que casi todos padezcan de reumatismo antes de cumplir los treinta años.
A pesar de la metamorfosis que ha producido en ellos la mezcla con los aymarás, la gente mojada se sigue llamando a sí misma uros, y continúa aferrada al mismo estilo de vida de sus antepasados. La totora sigue siendo imprescindible para su supervivencia, y dependen de ella para satisfacer casi todas sus necesidades: usan sus brotes más tiernos como alimento, y los tallos largos para construir sus islas, chozas y embarcaciones. Pero los uros también se dedican a la pesca de suches, pejerreyes, bogas y otros peces que venden o intercambian en las orillas del lago. Además, recogen huevos y cazan patos, gansos y otras aves.

Este pueblo primitivo todavía no practica la agricultura, aunque cuando el nivel de las aguas del lago baja mucho a causa de la sequía, algunos cultivan la papa y la cebolla en la tierra que se forma por la descomposición de la totora. Han mejorado considerablemente la calidad de las canoas que construyen (las que solían ser meras balsas); y, con el dinero que consiguen vendiendo balsas, esteras de totora y otros artículos tejidos, compran arroz, patatas, chuño (patatas congeladas y deshidratadas) y hojas de coca para masticarlas.
Hoy los uros no constituyen ya un pueblo indígena aislado de la civilización. Los Adventistas (secta religiosa norteamericana) han construido dos escuelas flotantes en la zona, y el número de visitantes que llegan hasta el lugar va en aumento cada año. Desde que visité sus islas por primera vez hace seis años, los uros que vivían más cerca de la orilla del lago y que, por ello, eran visitados por la mayoría de los turistas, han aprendido a bordar con lana de muchos colores, y se pasan horas enfrascados en esta labor. Los que viven más lejos de la orilla, sin embargo, se han mantenido al margen de las influencias de los turistas y de los misioneros cristianos. Cuando divisan a algún intruso, se esconden en sus chozas, pero… ¿hasta cuando podrán permanecer aislados en su pequeño mundo de ese modo?

El viejo que vimos al llegar a los islotes de los uros se incorporó y, medio encorvado, entró en una choza. Durante los pocos días que Marta y yo pasamos en su isla, lo vimos salir de vez en cuando, pero sólo por algunos minutos. Curiosos por saber qué había dentro de la choza, me asomé a su puerta en más de una ocasión. Pero siempre encontrábamos al viejo sentado, tejiendo solo con su mirada vacía. Nos enteramos de que sus paisanos le pagaban un salario muy bajo por su trabajo, y que también lo alimentaban; pero todos parecían despreocuparse en forma total —y algo cruel— de aquel solitario anciano. Cuando muera, sin embargo, traerán su cuerpo al cementerio que hay en la orilla y abandonarán la isla por dos semanas, permaneciendo en compañía de sus familiares, según exige una costumbre cuyo origen se pierde en el tiempo.
La isla ocupaba un área de mil quinientos metros cuadrados aproximadamente, y casi todo estaba ocupado por chozas y manojos de totora puestos a secar. No quedaba mucho espacio para vagar, así es que decidí unirme a Marta, quien estaba sentada con las mujeres de la tribu, tratando de obtener información para nuestro artículo. Para mi sorpresa, todo lo que Marta lograba que las mujeres le revelaran se contradecía con lo que los hombres me decían a mí.

Sábado, agosto 03rd, 2013 | Author:

“¿El último de los uros?” Ya había oído aquellas palabras anteriormente. El indio aymará que nos había llevado hasta allí también había tratado de impresionarnos con una historia parecida. Pero el “último uro” de éste vivía a una hora más de distancia… Nos pareció que lo que buscaba era un pretexto para cobrarnos más por el transporte. Sin duda, aquel muchacho se hacía eco de una leyenda que durante años había oído repetir a sus familiares, como señuelo para atraer al visitante que se arriesga a visitar aquellos lugares tan remotos.

Nosotros sabíamos que en el Titicaca ya no había uros de pura raza. El último de verdad —según se decía— había muerto hacía más de quince años. Así, pues, aquel viejo que tejía la totora sería, en todo caso, el último individuo que hablaba la lengua de los uros en aquella zona. Quizás existieran también algunos uros viejos, diseminados por el Altiplano. Pero, ¿podían ser considerados verdaderamente uros? En la actualidad, era prácticamente imposible encontrar un miembro de ese pueblo que no tuviera también sangre aymará.

“En los días del padre del viejo”, nos explicó un hombre más tarde, “hace aproximadamente treinta y cinco años, hubo una sequía tan grande que esta parte del lago se secó, la totora se marchitó, los peces murieron, los pájaros abandonaron la zona, y los uros se vieron sin ningún recurso de la noche a la mañana. La gente seca (los aymará) trajo su ganado a pastar en lo que había sido el fondo de esta rada, y la mayoría de los uros empezaron a pastorear, mientras que otros aprendieron a cultivar la tierra. Cuando las aguas volvieron a su nivel y la totora reverdeció en el lago, muchos de los uros volvieron a adoptar su forma antigua de vida; pero la mayoría de los jóvenes ya se habían casado fuera de la tribu. Sus hijos ya no tenían sangre negra, ni hablaban la lengua de sus padres… la de la gente mojada”..