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Martes, marzo 08th, 2011 | Author:

Para el ojo extranjero, la realeza rajputa de Rajastan es, como mínimo, compleja. Todos son descendientes de los mismos 36 clanes y las mismas doce tribus. Se adoran o se detestan, se reconcilian y se enfadan. Recientemente, el hijo del maharajá de Gwalior se ha casado con la hija del príncipe de Baroda. La fiesta celebrada en el hotel Jai Villas, el Versalles de la India se prolongó nueve días con sus noches. Hubo lluvia de pétalos de claveles amarillos a lo largo del cortejo. 1.500 invitados, entre ellos 350 maharajás, y decenas de miles de curiosos invadieron la ciudad. Se distribuyeron más de 25.000 comidas. Por contra, Jimsar, una fortaleza de 1521 dominio del thakur Gajendra Sing, está alejada del mundanal mido, enclavada en pleno desierto de Thar.

Antiguamente, su cuartel servía de base militar entre Jodpur y Bikaner. El pueblo que lleva su nombre se apretuja alrededor de los muros almenados. Para tranquilizamos, su mayordomo, ex oficial de la Fuerza Aérea, nos lleva en vehículo todo terreno a las dunas para que admiremos la puesta de sol. Tras media hora de camino, trepamos treinta metros. Es un decorado lunar. En la cima, sobre una alfombra color humo, se extienden sandwiches de pepino, tartas de limón y té caliente procedentes de un cesto de mimbre.

Domingo, marzo 06th, 2011 | Author:

Señores de la región durante siglos, los maharajás del actual estado indio de Rajastán han adaptado su boato a los nuevos tiempos. Ahora sus posesiones sirven para colmar el sueño de alojarse en un palacio de cuento oriental. El vehículo todo terreno de Siddharta Sing se lanza por una pista pedregosa. Desde hace una hora circulamos por sus tierras. Siddharta, el primogénito de Manvendra Sing, del clan de los Champawat, es un thakur, un barón militar. Antaño, sus antepasados controlaban 84 pueblos desde el fuerte de Rohet, en la región de Jodpur. Su padre y él mismo han transformado esta fortaleza del siglo XVI, a treinta kilómetros de la ciudad, en hotel. Ya ha quedado atrás la época en que debían entregar 40 soldados a camello al maharaja, su jefe directo.

La modernidad obliga y muchos de estos príncipes (en 1947 los ingleses censaron 566 maharajás, veintidós de ellos sólo en el Rajas-tán, patria de la nobleza ra ¡puta) vieron una salida en un turismo que concilia el teléfono móvil con la reverencia y el elefante enjabelgado de oro con la televisión por satélite. Los Sing han pagado un período de formación a sus criados, han inslalado habitaciones en los establos, han agrandado las cocinas y ahora piensan en excavar una piscina en el patio. El escritor y viajero británico Bruce Chatwin fue uno de sus primeros clientes y amigos.