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Domingo, enero 20th, 2013 | Author:

En las hornacinas la imaginería contrasta con un Espíritu Santo que, vaya a saber por qué motivo y ojalá no lo cambien nunca, apunta hacia abajo, como yendo en picada hacia el altar. El Museo Arqueológico es de primera. Muy completo y bien presentado. Excelente es la Oficina de Turismo donde también funciona un negocio con artesanías muuuy tentadoras. Volvimos al hotel para darnos un chapuzón en la pileta.
Al día siguiente recorrimos los 50 km que nos separaban de Molinos, otro pueblito encantadoramente colonial. Una vez instaladas en El Hostal Provincial de Molinos cruzamos la calle hasta la iglesia San Pedro Nolasco que cosa rara no está en la plaza principal.

Viernes, enero 18th, 2013 | Author:

Estuvimos a un tris de cambiar de destino. Nuestros amigos porteños casi casi nos convencen a mi prima Rosario y a mí. Pero contrariamente a lo vaticinado, no hubo deshidratación, ni sofocones, ni golpes de calor: el verano norteño resultó tener temperaturas de lo más agradables. En pleno enero tomamos un vuelo Buenos Aires-Salta; ahí nos esperaba un auto de Rent a Truck 4×4. Compramos bebidas, unas cositas comestibles y rumbeamos para Cachi por la Cuesta del Obispo, ese alucinante camino de muy buen ripio que trepa hasta 3.600 metros siguiendo el río Escoipe. Un poco antes de llegar al paso Piedra del Molino, sobre
la mano izquierda aparece el cartel que indica al Valle Encantado. En general uno tiende a seguir de largo; hágame caso, pase, vea y embóbese. Aunque mejor no insisto. Por lo solitario, este es uno de mis rincones preferidos para hacer pic-nic, y justamente eso fue lo que hicimos entre formaciones híper rojizas que contrastan con el pasto verdísimo y además, eréase o no, tuvimos que ponernos un sweater. Seguimos por la desértica recta Tin Tin 19 km que sustaban cuando no estaban asfaltados en pleno Parque Nacional Los Cardones, que lucía inesperadas flores amarillas a las que llaman amancay.

Lunes, diciembre 10th, 2012 | Author:

Al salir de la reserva, Alfredo, el vendedor ambulante de caracoles, me vendió uno enorme y varios tréboles de mar. Nunca los había visto y me fascinaron, pero lo voy a dejar con la intriga: si quiere saber cómo son vaya a Punta Rasa. A Bahía Aventura la dejamos para otra vuelta, pero antes de Mundo Marino entramos a la Tapera de López, una versión más organizada para pescar en la ría o salir al mar embarcados. Tiene bajada de lanchas y cobran un peso para usar las instalaciones -baño, bar, mesitas y parrillas- o pescar desde la costa.
Con sol el puerto era otra cosa: las barcos flotaban y los restaurantitos ya estaban preparando las lisas asadas para el almuerzo. Si se tienta sepa que las más ricas se comen en Los Mugu: salen con una salsa secreta a base de zanahoria. Yo no llegué a probarlas porque me interné en Mundo Marino: imposible recorrer las 19 hectáreas del oceanario más grande de América del Sur en poco tiempo.

Hay todo tipo de mamíferos marinos, peces y avifauna costera. Amé la posibilidad de darle de comer pescados a los lobos marinos, las “ruinas” de la Atlántida y el show que empieza relatando la evolución de la vida en el mar para terminar con un sorprendente encuentro cara a cara con simpáticos delfines. La gran desilusión fue la orea que se negó a salir de su cubículo y sólo se dignó a asomar la cabeza para comer los pescados que le daba su entrenador. Me costó un triunfo arrancarlo a Camilo que quería ver todos los espectáculos y hacer el safari en aerolancha por los pantanos de la ría.

Sábado, diciembre 08th, 2012 | Author:

Agotados recalamos en el hotel Fontainebleau, confortable y bien ubicado: enere la calle principal y la playa, frente al balneario más importante de San Clemente. Después de un rato de fiaca y una buena ducha decidimos comer en La Parrillita, y la pegamos. Su especialidad es la carne pero pedimos una lisa a la parrilla. Resultó un poema: la asaron abierta al medio con sal, pimienta, limón y otra parrillita -con brasas- encima. Dato clave si viaja en familia: tiene salón de juegos y todos los platos son para compartir.

A la mañana siguiente volvimos a Punta Rasa para verla con sol. Estaban rescatando un velero que se había varado corriendo la regata San Isidro-San Clemente. A lo lejos se recortaba la silueta del faro San Antonio, construido en 1890. Bandadas de flamencos picoteaban en la orilla más alejada y los pescadores tiraban sus redes. Las colocan a la mañana con marea baja y las recogen a la tarde cuando vuelve a bajar.

Jueves, diciembre 06th, 2012 | Author:

El cielo estaba gris tirando a negro, pero la intriga pudo más que la pereza y fuimos directo al puerto. Nos ensartamos siguiendo el cartel que apareció sobre la calle principal indicando doblar a la izquierda por la avenida General San Martín. Es mucho mejor ir por la costanera.
A esa hora y con mal tiempo el muelle de madera con los barcos encallados parecía sacado de una película de terror: con marea baja el agua desaparece y los barcos se quedan en seco. Parece increíble que al día siguiente estén navegando pero es así.

Mundo Marino estaba cerrado, lo mismo que Bahía Aventura -parque temático que está un poco más adelante- así que nos metimos en la reserva natural cruzando un área pantanosa que desemboca en una gigantesca playa pelada -hace honor al nombre de Punta Rasa- llena de caracoles, algunos bastante grandes y con el bicho vivo, y de carteles de “no espante a las aves”. Yo sólo vi chimangos, gaviotas y un pajarito raro que fotografié: nadie supo decirme si se trataba de uno de los chorlos migratorios -vienen desde el norte de Estados Unidos, Canadá y Alaska— que protegen los carteles. Los más exóticos son unos chorlitos rojos que anidan cerca del Polo Norte y llegan acá entre septiembre y marzo huyendo del invierno. Ahora nadie los molesta -inconfesable el comentario de mi marido: “Papá me contaba que venía a cazar chorlitos con Jorge Bunge”— y la marea les deja comida sobre la playa.

Martes, diciembre 04th, 2012 | Author:

Casi nos tentamos con el restaurante El Colonial pero decidimos seguir hasta la laguna. Nos encantó la costanera con varios restaurantes, una posada paquetona y De la Guardia, el reducto que Alejandro Jesús Hennann instaló con ayuda de su padre. Grandes ventanales balconean a las tres mil hectáreas de agua y su carta ofrece un menú simple -carne, pescado, pollo y pastas- con el acento puesto en las guarniciones: strudel de queso y cebolla, flan de zanahoria y brócoli, risotto de cereales y otras delicias. Su bodega es pequeña y versátil en honor a sus amigos mendocinos: Alex fue guía de escalada en el Hualum de Malargüe antes de convertirse en chef.
Dos horas más tarde estábamos otra vez en ruta y a las cinco llegamos a San Clemente del Tuyú, un balneario muy popular fundado en tierras de la estancia de Federico Leloir.

Viernes, noviembre 30th, 2012 | Author:

■ 571 km recorre desde la ciudad de Salta hasta Socompa, en la frontera con Chile.
■ 1.279 curvas en el trazado.
■ 21 túneles, con 3.233 metros de largo total.
■ 31 puentes, con un total de 670 metros de largo.
■ 13 viaductos, con 352 metros de largo total.
■ 102 toneladas es el peso de la locomotora.
■ 21 años lleva en servicio, desde la fecha de su fabricación.
■ 500 toneladas de carga es
lo máximo que puede remolcar. Su potencia se ve reducida por las características de la zona.
■ 1921 es la fecha de iniciación de las obras del ramal, pero recién en 1948 se llegó hasta Socompa.
■ 430 km separan Socompa del puerto chileno de Antofagasta, en el océano Pacífico.
■ 1.187 metros sobre el nivel del mar es la altura a la gue se encuentra la ciudad de Salta.
■ 4.475 metros es la altura máxima a la que llega el ramal, en el paraje de Abra Chorrillos.
■ 63 metros es la profundidad de la quebrada que sortea el viaducto La Polvorilla. Casi la altura del Obelisco porteño.
■ 27 grados bajo cero es la temperatura que puede hacer, en invierno, en la Puna salteña.
■ 180 km por hora es la velocidad que pueden alcanzar los vientos en la zona.

Miércoles, noviembre 28th, 2012 | Author:

Es verdad, la vuelta se hace un poco larga. Pero también es cierto que permite observar, de nuevo y mejor, la maravillosa y sobrecogedora soledad del desierto. Vuelvo a encontrarme, quién sabe si por última vez, con los salares, picos nevados, túneles y puentes que atraviesan al C-14, entre estaciones y poblados que parecen esperar, desde siempre, algo que nunca llega. Además, el regreso me ayuda a estrechar aún más amistad con mis compañeros de viaje. Y sí, después de casi tres días y más de 1.100 km, muchos nos sentimos amigos de toda la vida.

Es en todas esas pequeñas cosas donde se guarda la extraña magia de este tren. Con él podemos llegar hasta una Argentina casi desconocida. Viajar a través de paisajes únicos, inaccesibles, irrepetibles. Bajar en cada estación y oler el suelo mojado por la lluvia de verano. Ver, de cerca, que todo parece una mezcla de esfuerzo, soledad e improvisación. Así es el C-14, un trazado que nos muestra, de frente, el rostro curtido por el viento de aquellos que viven a más de 3.500 metros de altura, cerca del otro Tren a las Nubes.

Lunes, noviembre 26th, 2012 | Author:

Allí, a 3.775 metros de altura, cuando cae la noche, comienza, para muchos, lo mejor del recorrido del C-14. Mientras decenas de vendedores ambulantes ofrecen a los turistas todo tipo de artesanías y comidas regionales, un grupo de operarios del ferrocarril desengancha varios vagones de carga y también una de las dos unidades de pasajeros. Sólo la mitad de los viajeros seguirá hasta Socompa. Soy uno de los afortunados. En adelante, todo es austeridad: el desierto, los salares, la nieve. Soledad en la Puna. Recompensa para los ojos.

El viaje continúa. Ya es de noche y van más de diez horas de andar, pero, como los demás, no duermo al salir de San Antonio de los Cobres. Los mapas me indican que en poco tiempo la cansada locomotora llegará a uno de los puntos de mayor atracción: el viaducto La Polvorilla, a casi 4-200 metros de altura. Obra máxima del ramal y punto final del recorrido del un poco más aggior-nado Tren a las Nubes, el viaducto es un esqueleto gigante de hierro de 224 metros en curva construido, en la década del 40, para sortear una quebrada de 63 metros de profundidad.

Sábado, noviembre 24th, 2012 | Author:

La historia para los que se animan a este trazado comienza en la estación Salta, ubicada en pleno centro de la capital de esa provincia. Cada miércoles, a las 9:24 de la mañana, el jefe de la estación hace sonar la campana que anuncia la partida del tren, con pasaje completo. Perezosa, la locomotora, una vieja e incansable General Motors GT22CU modelo 1980, comienza a empujarnos rumbo a las cumbres.
De a poco el paisaje se transforma, y el cuerpo percibe los cambios de temperatura y altitud. En verano, por ejemplo, se puede pasar de los calurosos 30 grados de la capital salteña a los cero grados de la Puna. Muchos pasajeros, desprevenidos, con poco abrigo, sienten el rigor de estas variaciones.

El tren sigue trepando. Aprovecha a rajatabla cada una de las obras de ingeniería ferroviaria que le permiten ganar altura en medio de los cerros verdes y rojizos de la Quebrada del Toro. Veo cómo el humo se eleva cada vez más negro. Las toneladas de bórax, gas butano y sal, más los alimentos y provisiones para los pobladores de las localidades intermedias, se hacen sentir. General Alvarado, Cerrillos, Rosario de Lerma, Campo Quijano, El Alisal, Ingeniero Maury, Gobernador Sola, Diego de Almagro, Cachiñal: son los nombres de las estaciones que separan la ciudad de Salta de la localidad de San Antonio de los Cobres.