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Miércoles, marzo 09th, 2011 | Author:

Elevados a treinta metros del suelo, dos obreros retiran bloques de sal para estabilizar los techos de las minas de Sachsen Anhalt (Alemania). Muchas plantas químicas perforan la capas salinas desde el exterior e introducen agua. Después, la salmuera es conducida por tuberías hasta las explotaciones. Hace 200 millones de años, parte de los mares se evaporaron. Su prehistórico legado fueron ingentes montañas de sal celosamente guardadas en el seno terrestre. A unos 513 metros de profundidad, en la mina Bemburg de Sachsen Anhalt (Alemania), los trabajadores extraen trozos de este enorme depósito de sal con pesadas máquinas y los trasladan a plantas que los trituran y pulverizan. Desde allí parten en kilométricas cintas transportadoras y ascienden hasta el exterior. Si el día se da bien, unas 10.000 toneladas de sal constituirán el fruto donado por la Tierra.

El cloruro sódico (NaCI) llega a las factorías Buna, de Schkopa, donde es tratado por un procedimiento de electrólisis tras ser disuelto en agua. Con este sencillo método, la sal se disocia en hidróxido sódico, hidrógeno y cloro gaseoso, la sustancia responsable del mayor número de éxitos y catástrofes de la industria química. Del cloro dependen numerosos productos; desde el agente naranja, de uso militar, hasta la humilde pasta de dientes. No es exagerado afirmar que la poco espectacular electrólisis ha influido en la vida de la humanidad casi tanto como el prehistórico dominio del fuego o la fusión nuclear de nuestra era. El cloro, gas venenoso que despide un fuerte olor y debe su nombre a su color proviene del griego cloros, que significa verde amarillento, se halla omnipresente en la corteza terrestre y el mar; en la sangre, el sudor y las lágrimas.