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Miércoles, agosto 07th, 2013 | Author:

En el Sur de España están las provincias que componen la región de Andalucía, tierra de prados verdes, de sol y, muchas veces, de calores fortísimos. La Sierra Nevada—en la porción sudoriental de la península Ibérica— interrumpe ese paisaje con nieves perpetuas que cambian el ambiente y el clima, llevando frescura a la vega y poniendo las pendientes heladas a corta distancia de los campos exuberantes. En esa geografía privilegiada se encuentran los nueve o diez kilómetros cuadrados que abarca la ciudad de Granada. A este conjunto de sol que, al derretir la nieve, la convierte en torrentes que bajan desde las sierras hasta encontrar la vega feraz con sus mil tonos de verde, hay que recurrir para entender esa fascinación de que hablan todos los que han visto a Granada, ese ambiente que embelleció la fantasía de los musulmanes hasta el punto de hacerlos afirmar que Mahoma, su Profeta, “habitaba en la parte oel cielo que está sobre Granada”.

No hay como lo alto de la Torre de la Vela, en la antigua fortaleza de La Alcazaba, para ver el panorama de toda Granada: la ciudad antigua, la ciudad moderna, la vega, la colina de La Alhambra, el barrio del Albaicín y, a lo lejos, el del Sa-cromonte, al final de la Cuesía del Chapiz. El paisaje se abre perfilado por las piedras de los muros viejos y de las torres. Al igual que sobresale la granada madura de su corteza oscura, ahí está Granada, destacándose entre dos sierras: la Nevada y la Elvira.

Francisco Pi y Margall (1824-1901), el notable escritor y político español, en su libro sobre el reino de Granada, sintió la necesidad de describir esa vista como introducción a los sucesos que iba a narrar, expresando que “el viajero apenas se atreve a separarse del pie de aquellos laureles gigantescos sobre cuyas cúspides sacudieron su manto de niebla más de cinco siglos…” Mientras hurgaba en los archivos en busca de datos, Pi y Margall fue dejando en su trabajo la impresión que le causó aquella ciudad “a la que doran desigualmente los últimos rayos de sol, y todo es entonces belleza y poesía… Bella, bellísima es todavía la ciudad de Granada… Pintoresco y delicioso es el camino abierto en las angosturas de aquel río; pero no es el camino, sino la perspectiva que desde allí se descubre, lo que enajena el alma y arroba los sentimientos… No hay otra ciudad como Granada… Allá en lo más alto, en el fondo, descuella su catedral; y, detrás de la catedral, no se levantan a mayor altura sino las cumbres de las sierras…”.