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Viernes, agosto 09th, 2013 | Author:

Si bien Pi y Margall encontró la fascinación de Granada en los “cuadros llenos de poesía, dignos de figurar en las primeras páginas del álbum de un artista”, para el escritor María José Arredondo “el alma de Granada está en el agua”. “Esa agua”, dice, “es la que se ofrece, bendita en las iglesias; la que danza en las fuentes morunas de los patios, corre en los pilarillos y en las acequias del Sacromonte, duerme en los aljibes del Albaicín y es judía en el interior amable y fresco de un cántaro como aquéllos en que Raquel y Lía apagaban la sed de los caminantes…” (Temas Españoles, 1969). Si es así, no cabe duda de que el alma de Granada se encuentra a cada paso, en el río Darro que la divide en dos, quedando a la derecha gran parte de la ciudad moderna; en los torrentes que bajan de la sierra y que canalizaron los árabes formando cientos de arroyos y riachuelos que, atravesando el llano, entran en la ciudad para salir por los surtidores o descansar en una vieja fuente.

Ese correr libre del alma cristalina de Granada parece repetir todos los días la historia de la Conquista y de la Reconquista, contando la alegría del cristiano que la recobró y la tristeza del moro que la perdió. El Darro espera ansioso a que el agua vuelva de su alegre recorrido para entregarla prisionera al Cenil, el río que se la lleva como sollozando, porque va desterrada para nunca más volver; y, al irse, se lleva solamente el recuerdo de los mirtos y las rosas que se reflejaron en los estanques, el eco de los romances que presenciaron los chorrillos de los jardines del Ceneralife, y el mágico encanto de la noche granadina en el barrio gitano de Sacromonte, donde las fuentes oyeron hablar de los filtros de amor, del mal de ojo y de la buenaventura.
La historia de Granada se ha desarrollado, pues, influida por ese algo subyugador que le ha puesto alma al relato, convirtiéndolo muchas veces en poesía.