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Lunes, enero 28th, 2013 | Author:

El Cuexcomate (del náhuatl “cuexcomac”: olla de barro o lugar para guardar), de la ciudad de Puebla, México, es conocido como el volcán más pequeño del mundo. Es un auténtico volcán, aunque pudiera confundirse con una fumarola o solfatara debido a su original emisión de vapor sulfúrico y agua sulfhídrica, en el año de 1664, cuando se formó como consecuencia de una erupción del volcán Popocatépetl.
El cono crateriforme del Cuexcomate está formado de lava espumosa (piedra pómez) y constituye una masa rígida de 13 metros de altura y un diámetro exterior de la base de 23 metros. Para subir a la cima hay una escalera de concreto y para descender al fondo del cráter hay una escalera de caracol metálica y tambaleante.

El interior del pequeño volcán, elevado a 2,150 metros sobre el nivel del mar, ha servido de basurero, letrina, hotel e incluso, durante la Colonia, para arrojar los cadáveres de los suicidas, por considerárseles indignos de un sepulcro cristiano.
Alrededor del Cuexcomate hay un mercado, tiendas, la presidencia auxiliar de la colonia Libertad, juegos y puestos de periódicos. Adentro, según aseguran quienes han dejado volar la imaginación, entre las caprichosas formas de las rocas puede verse la imagen de una virgen de Guadalupe de unos 60 centímetros.
Si el Perbuatan, de la isla Krakatoa, es famoso por haber causado la explosión más poderosa de la historia del hombre y el Vesubio lo es por sus numerosas erupciones explosivas, el inofensivo Cuexcomate, aparte de ser el más pequeño, posiblemente sea el más visitado y divertido del mundo.

Martes, agosto 24th, 2010 | Author:

El contacto con el lodo era una sensación extraña, como flotar en un tazón de chocolate. El barro me cubría todo el cuerpo y así, disfrazado de Rambo, trataba de nadar en la espesura.
Otras personas se animaban también a lanzarse a la piscina natural que tenía, según nos contaron, propiedades terapéuticas. Al abandonar el cráter teníamos la apariencia de esculturas de barro y mientras me grababa Alfonso, yo amagaba algunos abrazos a los curiosos que se apartaban espantados. Todos nos divertimos.
El ritual dicta que para limpiarse la capa de lodo hay que descender el volcán y acercarse a unas lagunas con plantas acuáticas flotando en la superficie. Varias señoras se encargaban del lavado, lanzando cuencos de agua limpia con los que recobrábamos el aspecto humano. Con vocación de madre, aquellas mujeres nos frotaban las orejas sobre la laguna y se llevaban la voluntad.
Con la piel rejuvenecida seguimos camino.