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Martes, agosto 24th, 2010 | Author:

El contacto con el lodo era una sensación extraña, como flotar en un tazón de chocolate. El barro me cubría todo el cuerpo y así, disfrazado de Rambo, trataba de nadar en la espesura.
Otras personas se animaban también a lanzarse a la piscina natural que tenía, según nos contaron, propiedades terapéuticas. Al abandonar el cráter teníamos la apariencia de esculturas de barro y mientras me grababa Alfonso, yo amagaba algunos abrazos a los curiosos que se apartaban espantados. Todos nos divertimos.
El ritual dicta que para limpiarse la capa de lodo hay que descender el volcán y acercarse a unas lagunas con plantas acuáticas flotando en la superficie. Varias señoras se encargaban del lavado, lanzando cuencos de agua limpia con los que recobrábamos el aspecto humano. Con vocación de madre, aquellas mujeres nos frotaban las orejas sobre la laguna y se llevaban la voluntad.
Con la piel rejuvenecida seguimos camino.

Lunes, agosto 23rd, 2010 | Author:

El interior del volcán Totumo, aseguran, desciende hasta las profundidades alcanzando más de 2.000 metros de lodo en un túnel vertical.
Cuando alcancé la cima me sentí impresionado y divertido. El cráter estaba cubierto hasta el borde de lodo volcánico, una mezcla de barro y ceniza. El interior del Totumo, aseguran, desciende hasta las profundidades alcanzando más de 2.000 metros de lodo en un túnel vertical. Eran sólo datos. La verdadera experiencia consistía en sumergirse en aquella piscina de lodo. En realidad, sumergirse es un término incorrecto porque la densidad del barro volcánico impedía la inmersión.

Domingo, agosto 22nd, 2010 | Author:

Un hombre nos ofreció con entusiasmo el producto estrella de la playa: el coco loco, lo llamaba, una mezcla de ron y agua de coco con algunos condimentos. El cóctel, aseguraba, tenía propiedades afrodisíacas.
Después del pescado con arroz nos dimos una tregua sin cámaras, nos bañamos, caminamos por la orilla blanca y nos rendimos a la oferta comprando algunos collares de piedras de colores que a Eva le quedaban muy bien. Suspiramos antes de afrontar el camino de vuelta.
Al día siguiente, después de despedirnos de nuestro amigo Nico, nos dirigimos hacia el noroeste. Media hora más tarde nos detuvimos junto al volcán Totumo, que más que un volcán parecía una broma. El cono no tenía más de diez metros de alto, pero decenas de personas subían una escalerita de madera hasta el cráter. Yo les seguí.